En 1965, Ernesto Guevara, el "Che", renuncia a todos sus cargos políticos en el gobierno cubano con el fin de encaminarse a otros países y apoyar diferentes movimientos revolucionarios.

Antes de comenzar ese viaje, que le llevará a la muerte dos años más tarde, escribe una carta de despedida a sus "queridos viejos" como él llamaba a sus padres. En ella, aunque afirma el enraizamiento y depuración de su marxismo, no cita ni a Marx ni a Engels, sino que comienza su carta escribiendo: "Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo".

Tras la victoria de 1959 y después de seis años en el gobierno cubano, se decide a volver al camino, a montar nuevamente a Rocinante como Quijote que se sabe moralmente triunfante, como "caballero andante para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos". Al montar a Rocinante, Ernesto veía doncellas en los rostros de las niñas y niños explotados y obligados a trabajar de sol a sol, viudas en las jóvenes que renunciando a su dignidad como mujer se prostituyen por causa de su pobreza y falta de educación, huérfanos en los menores utilizados como soldados en los ejércitos de dictadores y tiranos, menesterosos en los millones de oprimidos, marginados y excluidos de ese mal llamado y desconocido Tercer Mundo.

Ojala que ahora mismo leyendo estas líneas sientas la cuerda locura del costillar de Rocinante, la misma cordura que llevo al Quijote y al Che a luchar contra las injusticias y las desigualdades, a transformar el mundo (¡porque en verdad lo hicieron!), a gritar fuerte y claro "hasta la victoria (de otro mundo posible) siempre".

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