Ese es el lema escogido por Naciones Unidas para celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Afortunadamente la situación de la mujer en el mundo occidental está muy lejos de la que tuvo que vivir el siglo pasado y ya no es extraño encontrarnos con mujeres en puestos directivos o desempeñando trabajos que antes le estaban vetados, como el caso del ejército. Pero, por desgracia, en nuestra sociedad sigue habiendo comportamientos que debemos erradicar como la lacra de la violencia de género o el acoso que sufren algunas mujeres dentro del ámbito laboral.

Aunque podría centrarme en los problemas de la mujer en España prefiero abordar la realidad que se da en otras culturas. Mientras en los países occidentales vemos como algo natural que la mujer pueda votar y participar en política en muchos otros lugares no goza de esos derechos ni tampoco de otros más básicos que afectan a la libertad de la persona. Siempre me gusta poner ejemplos de experiencias personales que ayuden a comprender mejor la realidad del problema expuesto. Hace unos años conocí en Inglaterra a una joven de Qatar de apenas 19 años que para su desgracia ya estaba resignada a que sus padres decidieran con quién debía contraer matrimonio. Además, tenía restringidas las salidas de ocio a 2 veces al mes y así un largo etcétera de cosas que coartaban su libertad.

Como demuestra el ejemplo del rico emirato de  Qatar, esa discriminación de la mujer no siempre va unida a países pobres, como sucede en África, Latinoamérica o el Sur de Asia,  y es en muchas ocasiones un problema de tipo social, cultural y religioso.

¿Por qué desde la Unión Europea no se presiona más a los países que incumplen las normas más básicas de los Derechos Humanos y tratan a las mujeres como verdaderos objetos? ¿Por qué importa más el beneficio económico y los intereses que podamos obtener de esos países –caso de Qatar con el petróleo- que la situación de opresión bajo la que viven allí las mujeres? ¿Por qué en el mundo occidental no se celebran manifestaciones multitudinarias para denunciar esa situación desesperada de tantas mujeres? La realidad es que no podemos seguir mirando para otro lado.

En el Nuevo Testamento Jesús abogaba por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y en pleno siglo XXI nos sigue quedando mucha tarea por hacer. Esperemos que las buenas palabras de los políticos y personalidades que tienen capacidad de influencia no se queden sólo en eso, y acaben por plasmarse en hechos concretos. Solo así podremos mejorar las cosas y acercarnos a la igualdad efectiva entre hombres y mujeres.

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