A veces, uno se asquea de su propia vida. De lo que ve y le rodea. Uno es débil y no está hecho para nadar en aguas turbulentas, y no hay nada más turbulento que la sociedad en la que vivimos. Una sociedad que vive más para el hablar por hablar que para el obrar. Una sociedad que vierte sus habladurías en temas del todo profundos: véase las vestimentas góticas de las hijas del cabecilla de turno, del cabezón inoportuno.